Y también debo aprender, que una mujer no puede ser normal y anormal al mismo tiempo,
Y para el caso,
Yo tampoco.
Wednesday, August 13, 2008
Y también
Y también debo aprender a decir no. No, hoy no creo que sea buena idea. No, yo no. No, no estoy de acuerdo contigo. Hoy no tengo ganas de verte. O no, no vayas. No te vayas. Tengo que perderle el miedo a la violencia. A la mínima violencia, que me aterra tanto como la más grande. Y tengo que, según me dicen, ser más pasional. No dejarlas ir. Hacerles panchos si se van sin mí, si se vislumbra la posibilidad de que se me alejen.
¿Será cierto, todo esto?
Y es que a mí nada me violenta. Odio la violencia. Tengo que decir que prefiero la tristeza.
Triste caso.
¿Será cierto, todo esto?
Y es que a mí nada me violenta. Odio la violencia. Tengo que decir que prefiero la tristeza.
Triste caso.
Monday, August 11, 2008
Debo Aprender
Debo aprender a amar al otro. Debo quererme yo también. Fijarme en el otro, escuchar todo lo que me dice y no distraerme en cuanto habla con lo que a mí se me va ocurriendo. Sobre todo si el otro es una mujer que me interesa y a la que puedo besar (especialmente si sigo escuchando).
Debo dejar de desear a todas las mujeres del mundo si estoy, aunque sea temporalmente, con una.
Debo dejar de pensar que les gusto tanto. Nunca resulta ser cierto. Debo dejar de estar pendiente de todo lo que hago, todo lo que digo, todo lo que sin duda debe de estar seduciéndolas incansablemente mientras me desenvuelvo frente a ellas. Debo de enamorarme de ellas, no de mí con ellas, ni de su reacción hacia mí.
Nunca debo de esperar sexo. Eso no le hace bien a nadie. Es como si ellas esperaran que cada que nos vemos las abrazáramos, les dijeramos que las queremos y les cambiáramos los focos de su casa. No se puede esperar siempre. Punto.
Por lo demás. debo aprender que estar solo, varios momentos del día o varios días de a semana, no está mal ni es un pecado, una tragedia o una tristeza. Comer solo no es miserable: debo aprender a no buscar compañía por la compañía en sí, sino a buscar a las personas que me gustaría ver y hacer con ellas lo que me gustaría hacer con ellas.
Debo evitar, entonces, el fundirme con el otro, el darles la voz cantante, el entender mi tiempo como sacrificable, a cambio de no estar solo.
Debería de aprender a amar hacer algo. Algo que realmente me guste y me entretenga y me haga sentir útil a mí y al tiempo que le dedico. Como cuando escribía y tenía proyectos. No me debo de abandonar a la desazón.
Debo de saber que valgo, aunque sea solo. Aunque no sea tan fascinante como creo.
(paréntesis: subo a un clóset olvidado, a un cajón olvidado. Ahí hay un album escondido, y veo que alguna vez no fui así. Alguna vez no fue así. Pero no pudo quedarse. Lloraba.)
Debo aprender a dejar de esperar señales todo el tiempo; aliados del azar que me digan que estoy haciendo lo correcto. Eso me distrae mucho, también.
De igual modo, debo aprender a no creer en lo que me dicen todos, a no necesitar sus opiniones, a no tomarlas por encima de la mía, ni tampoco por debajo en forma de cimientos. El cimiento debe ser yo y el otro; ella y yo, nosotros, nunca más ellos, nunca más.
Ah y al mismo tiempo, debo aprender a no despreciar a sus amigos y a los míos, ni a mi familia ni a la suya. Debo de darme cuenta que ni yo soy mis amigos ni ella es su familia ni sus amigos tampoco. Sería bueno que ya no pensar tanto –de verdad, lo hago mucho- en cómo sería tratar con su familia toda la vida. Eso también me distrae. Debería dejar de proyectar. Tampoco nunca me ha servido de nada.
Debería de entender por qué me vuelvo tan aburrido; por qué si en los primeros meses soy todo actividades y viajes y arriesgues, por qué me convierto en abuelito después y ya sólo quiero que vengan a mi casa. Por qué no me gusta salir de mi casa.
Debo de quitarme esta imagen de hombre solo, que me persigue y cada vez más me acerco a alcanzar.
Debo dejar de desear a todas las mujeres del mundo si estoy, aunque sea temporalmente, con una.
Debo dejar de pensar que les gusto tanto. Nunca resulta ser cierto. Debo dejar de estar pendiente de todo lo que hago, todo lo que digo, todo lo que sin duda debe de estar seduciéndolas incansablemente mientras me desenvuelvo frente a ellas. Debo de enamorarme de ellas, no de mí con ellas, ni de su reacción hacia mí.
Nunca debo de esperar sexo. Eso no le hace bien a nadie. Es como si ellas esperaran que cada que nos vemos las abrazáramos, les dijeramos que las queremos y les cambiáramos los focos de su casa. No se puede esperar siempre. Punto.
Por lo demás. debo aprender que estar solo, varios momentos del día o varios días de a semana, no está mal ni es un pecado, una tragedia o una tristeza. Comer solo no es miserable: debo aprender a no buscar compañía por la compañía en sí, sino a buscar a las personas que me gustaría ver y hacer con ellas lo que me gustaría hacer con ellas.
Debo evitar, entonces, el fundirme con el otro, el darles la voz cantante, el entender mi tiempo como sacrificable, a cambio de no estar solo.
Debería de aprender a amar hacer algo. Algo que realmente me guste y me entretenga y me haga sentir útil a mí y al tiempo que le dedico. Como cuando escribía y tenía proyectos. No me debo de abandonar a la desazón.
Debo de saber que valgo, aunque sea solo. Aunque no sea tan fascinante como creo.
(paréntesis: subo a un clóset olvidado, a un cajón olvidado. Ahí hay un album escondido, y veo que alguna vez no fui así. Alguna vez no fue así. Pero no pudo quedarse. Lloraba.)
Debo aprender a dejar de esperar señales todo el tiempo; aliados del azar que me digan que estoy haciendo lo correcto. Eso me distrae mucho, también.
De igual modo, debo aprender a no creer en lo que me dicen todos, a no necesitar sus opiniones, a no tomarlas por encima de la mía, ni tampoco por debajo en forma de cimientos. El cimiento debe ser yo y el otro; ella y yo, nosotros, nunca más ellos, nunca más.
Ah y al mismo tiempo, debo aprender a no despreciar a sus amigos y a los míos, ni a mi familia ni a la suya. Debo de darme cuenta que ni yo soy mis amigos ni ella es su familia ni sus amigos tampoco. Sería bueno que ya no pensar tanto –de verdad, lo hago mucho- en cómo sería tratar con su familia toda la vida. Eso también me distrae. Debería dejar de proyectar. Tampoco nunca me ha servido de nada.
Debería de entender por qué me vuelvo tan aburrido; por qué si en los primeros meses soy todo actividades y viajes y arriesgues, por qué me convierto en abuelito después y ya sólo quiero que vengan a mi casa. Por qué no me gusta salir de mi casa.
Debo de quitarme esta imagen de hombre solo, que me persigue y cada vez más me acerco a alcanzar.
Saturday, August 9, 2008
Y nunca fuimos al Fritz
Está claro que los seres humanos nos relacionamos con el tiempo de manera diferente de acuerdo a nuestra edad.
Para los recién nacidos no existe el tiempo.
Para los niños, esperar 5 minutos es una tortura eterna.
Para los adolescentes, la universidad es un larguísimo puente que lleva a un lugar completamente incomprendido.
Para los adultos, por lo menos yo, el pasado se empieza a valorar más que el futuro. Pero una hora es una hora, y 5 minutos, 5 minutos.
Los ancianos vuelven a disfrutar de las más pequeñas cosas, y al mismo tiempo, sus décadas son tan sólo instantes.
Tal vez cuando esta paradoja llega al límite, es que se contempla la eternidad.
Se muere entonces.
Para los recién nacidos no existe el tiempo.
Para los niños, esperar 5 minutos es una tortura eterna.
Para los adolescentes, la universidad es un larguísimo puente que lleva a un lugar completamente incomprendido.
Para los adultos, por lo menos yo, el pasado se empieza a valorar más que el futuro. Pero una hora es una hora, y 5 minutos, 5 minutos.
Los ancianos vuelven a disfrutar de las más pequeñas cosas, y al mismo tiempo, sus décadas son tan sólo instantes.
Tal vez cuando esta paradoja llega al límite, es que se contempla la eternidad.
Se muere entonces.
Monday, July 28, 2008
RJ
Es difícil escribir esto. Recibí hoy una noticia. Para intentar procesarlo lo escribo, y para lograr escribirlo, lo proceso: Tengo 35 años y me avisaron hoy que una compañera de la primaria y la preparatoria se está muriendo de cáncer. Literalmente. Que la sacaron del hospital pues no se puede hacer ya nada. Que hoy había una misa por ella, que esperan que “parta” pronto. Que ya no sufra más. Así que literalmente, mientras escribo, Rosa Jeannette se está muriendo.
Todo me da vueltas. Todo se cimbra en su importancia. Me pregunto por todo; el pasado, el presente, el futuro.
El pasado:
Rosa Jeannette era la niña que me gustaba, cuando no me gustaban las niñas. Llegué a vivir a la misma ciudad que ella, y era, como yo, casi rubia. Así que me gustaba por güerita, por distinguirse de las demás. Pero en realidad, ya lo dije, no me gustaban las niñas. Era tercero de primaria, tenía yo 7 años. Y supongo que a todos nos “gustaba” Rosa Jennette.
Desde ese entonces a mi madre y a mí nos llamó la atención su nombre, que, al igual de muchas otras niñas de esa provincia a la que habíamos llegado, era compuesto y extraño, no del todo extranjero ni nacional: no haré ahora una lista de esos nombres, había varios, pero recuerdo que el de Jeanette me gustaba por bonito, porque implicaba retos a su pronunciación y cuidado en su escritura, con esa doble n y doble t y e muda, que tuvo que señalar ella misma muchos años, no sé si habrá logrado dejar de hacerlo.
Así que fue lo más cercano a un primer deseo de novia. Luego, un par de años después, me gustaron otras, que eran menos güeras y también más arrojadas y me ilusionaban más en cuestiones sexuales, me obsesionaba poder llegar a estar con ellas (no lo logré con ninguna) Pero ya para entonces recordaba aquel paseo con el salón un año antes, a la casa de un amigo, con alberca, donde por vez primera jugamos niñas y niños mojados, en traje de baño, a un juego que se llama, literalmente, ¨los agarrados”. Cargué a Rosa Jeannette en mis brazos para llevarla a la “cárcel”. Fue un momento, sencillo como la vida misma, e inolvidable: hoy lo sigo recordando de cuando en cuando. Creo que fue en ese instante justo –no se enojó, me sonreía- en el que me empezaron a gustar de veras las mujeres.
La dejé de ver un par de años pues me cambié de secundaria. En preparatoria volvimos a estar en el mismo salón. Era más alta, grande, tanto como su sonrisa pero también como su seriedad. No convivimos ya demasiado. Pero nos queríamos y respetábamos. Recuerdo que era seria, casi triste, a veces. No recuerdo con quien anduvo; yo la habré rondado un poco a ella, a sus amigas, me quedé finalmente con mi novia de pelo negro. Nunca se me hizo con la guapa Jeannette.
Terminando la preparatoria dejé de verla. Cambié de nuevo de ciudad y algún día supe que se había casado y tenía hijos, 2 o 3. Nunca dudé –ni por un momento- de su felicidad. Para mí era de esas personas que simple y sencillamente lograrían vivir contentos en su vida allá, en esa pequeña provincia donde, según yo, se podría estar más tranquilo y más a salvo, sin tantas preguntas y sin tanto bregar.
Paréntesis. Ahora, con la noticia, se revivió un recuerdo más antiguo, y muy profundo, que es el de haber tratado a su padre. Recordar cómo me sorprendía ese señor, su actitud hacia conmigo y los demás niños. Fue de los primeros papás que conocí que trataban a los amigos de su hija como amigos propios. Me sorprendía muchísimo, admiraba eso de él. Hasta recuerdo su camisa y su pantalón, del día que fui a la fiesta de cumpleaños de Jeannette y llegué primero que nadie. Ahora recuerdo por qué: en esa fiesta hice de mago.
Eso tenía Jeannette. Nunca fuimos novios pero siempre, siempre, me hizo ilusión. Era emocionante saber que habría una fiesta por su cumpleaños, era emocionante saber que iba a venir al paseo, era emocionante pensar que llegara a ir a una fiesta mía si la invitaba. No sé si ella lo supo nunca pero para mí fue un referente. Fue la niña bien que nunca tuve.
Presente:
En los últimos meses, años quizás, he pensado a menudo en Rosa Jeannette. La he buscado por medio de internet. La última vez que tecleé su nombre en Google y en Facebook habrá sido hace unos 15, 25 días, probando distintas combinaciones de enes dobles y dobles t’s. Quería ver cómo se ve ahora. Nunca encontré un solo link. Quizá la vida en esa provincia realmente tiene algo de tranquilo. Quizás.
Hoy me pregunto que pasó con ella. Me pregunto qué emoción se le convirtió en cancer. Me pregunto también que habría pasado si hubiera andado con ella, quizás las cosas habrían sido distintas y yo sería más contento y ella estaría sana o más viva. Son tonterías, lo sé, pero es lo que en el presente me pregunto. Quizás yo sí le gusté y esperó siempre a que yo hiciera algo. Me pregunto si importa mi vida, la vida de ella más allá de mí, mi vida más allá de mí. Me doy cuenta de lo ínfimos que somos. No participo de la pena de que Rosa se vaya y de que deje al mundo menos lleno. La pena que siento es que se vaya y deje mi mundo más vacío. Quisiera ver a su papá, y abrazarlo. Llorar con él sobre su camisa polo blanca y sus jeans color café. Quisiera haber besado a Rosa Jeannette en algún cine, quisiera haberla acariciado, haberle dado algún placer, haberle arrancado una sonrisa o un gemido, o más sonrisas; haber sido querido por ella, haberla querido, haberla amado. Quisiera haber conocido a sus hijos, antes de que los rondara la tragedia.
¿Por qué sucede algo así? ¿Por qué a unos, y a otros no? Tiene mi edad, y se está muriendo. ¿Qué puedo hacer yo?
Hoy todo el pueblo, y su familia, están en una misa por ella. No queda más que rezar a un dios injusto y silente. Les queda eso. Siquiera.
Yo no tengo a ese dios y a esas creencias. Y, en el presente, me pregunto qué tengo. Qué sé. Qué debo hacer. La vida, supongo. Hacer la vida.
Futuro:
La lección obvia es cursi y cierta: vivir la vida, disfrutar el instante.
No es tan fácil: la lección no obvia es, ¿Para qué?
La pregunta, tampoco obvia, y tan tremendamente igual de cierta es ¿por qué? ¿por qué unos sí y otros no? Jeannete muere, yo vivo. La pregunta es la misma, por qué. Jeannette deja hijos, 3.¿Qué sigue, qué debo hacer? No caer en la tontera del esceptisismo hacia la vida. No creer, tampoco, en la vida eterna, que es esceptisismo hacia la muerte.
Ni siquiera creer en que pensar en ella ahora puede ayudarla.
Pero a mí sí, y lo agradezco. Vaya para ti el amor, Rosa Jeannette, mi amor y mi agradecimiento, por tus sonrisas, por ese timbre de voz que me parece estar oyendo, tan claro como hace tantísimo. Perfecto y claro, transparente, lo escucho ahora, junto a tu risa y tu silencio, lo escucho fuerte y completo, y si no, lo recuerdo; yo, que tengo tan mala memoria. Vaya para ti mi amor y mi recuerdo, y mi deseo absurdo de que las cosas hubieran sido diferentes. O no. La vida es ésta, y es esta misma, la muerte.
Descansa en Paz, Rosa Jeannette. Te seguiré pensando siempre.
julio 28, 2008
Todo me da vueltas. Todo se cimbra en su importancia. Me pregunto por todo; el pasado, el presente, el futuro.
El pasado:
Rosa Jeannette era la niña que me gustaba, cuando no me gustaban las niñas. Llegué a vivir a la misma ciudad que ella, y era, como yo, casi rubia. Así que me gustaba por güerita, por distinguirse de las demás. Pero en realidad, ya lo dije, no me gustaban las niñas. Era tercero de primaria, tenía yo 7 años. Y supongo que a todos nos “gustaba” Rosa Jennette.
Desde ese entonces a mi madre y a mí nos llamó la atención su nombre, que, al igual de muchas otras niñas de esa provincia a la que habíamos llegado, era compuesto y extraño, no del todo extranjero ni nacional: no haré ahora una lista de esos nombres, había varios, pero recuerdo que el de Jeanette me gustaba por bonito, porque implicaba retos a su pronunciación y cuidado en su escritura, con esa doble n y doble t y e muda, que tuvo que señalar ella misma muchos años, no sé si habrá logrado dejar de hacerlo.
Así que fue lo más cercano a un primer deseo de novia. Luego, un par de años después, me gustaron otras, que eran menos güeras y también más arrojadas y me ilusionaban más en cuestiones sexuales, me obsesionaba poder llegar a estar con ellas (no lo logré con ninguna) Pero ya para entonces recordaba aquel paseo con el salón un año antes, a la casa de un amigo, con alberca, donde por vez primera jugamos niñas y niños mojados, en traje de baño, a un juego que se llama, literalmente, ¨los agarrados”. Cargué a Rosa Jeannette en mis brazos para llevarla a la “cárcel”. Fue un momento, sencillo como la vida misma, e inolvidable: hoy lo sigo recordando de cuando en cuando. Creo que fue en ese instante justo –no se enojó, me sonreía- en el que me empezaron a gustar de veras las mujeres.
La dejé de ver un par de años pues me cambié de secundaria. En preparatoria volvimos a estar en el mismo salón. Era más alta, grande, tanto como su sonrisa pero también como su seriedad. No convivimos ya demasiado. Pero nos queríamos y respetábamos. Recuerdo que era seria, casi triste, a veces. No recuerdo con quien anduvo; yo la habré rondado un poco a ella, a sus amigas, me quedé finalmente con mi novia de pelo negro. Nunca se me hizo con la guapa Jeannette.
Terminando la preparatoria dejé de verla. Cambié de nuevo de ciudad y algún día supe que se había casado y tenía hijos, 2 o 3. Nunca dudé –ni por un momento- de su felicidad. Para mí era de esas personas que simple y sencillamente lograrían vivir contentos en su vida allá, en esa pequeña provincia donde, según yo, se podría estar más tranquilo y más a salvo, sin tantas preguntas y sin tanto bregar.
Paréntesis. Ahora, con la noticia, se revivió un recuerdo más antiguo, y muy profundo, que es el de haber tratado a su padre. Recordar cómo me sorprendía ese señor, su actitud hacia conmigo y los demás niños. Fue de los primeros papás que conocí que trataban a los amigos de su hija como amigos propios. Me sorprendía muchísimo, admiraba eso de él. Hasta recuerdo su camisa y su pantalón, del día que fui a la fiesta de cumpleaños de Jeannette y llegué primero que nadie. Ahora recuerdo por qué: en esa fiesta hice de mago.
Eso tenía Jeannette. Nunca fuimos novios pero siempre, siempre, me hizo ilusión. Era emocionante saber que habría una fiesta por su cumpleaños, era emocionante saber que iba a venir al paseo, era emocionante pensar que llegara a ir a una fiesta mía si la invitaba. No sé si ella lo supo nunca pero para mí fue un referente. Fue la niña bien que nunca tuve.
Presente:
En los últimos meses, años quizás, he pensado a menudo en Rosa Jeannette. La he buscado por medio de internet. La última vez que tecleé su nombre en Google y en Facebook habrá sido hace unos 15, 25 días, probando distintas combinaciones de enes dobles y dobles t’s. Quería ver cómo se ve ahora. Nunca encontré un solo link. Quizá la vida en esa provincia realmente tiene algo de tranquilo. Quizás.
Hoy me pregunto que pasó con ella. Me pregunto qué emoción se le convirtió en cancer. Me pregunto también que habría pasado si hubiera andado con ella, quizás las cosas habrían sido distintas y yo sería más contento y ella estaría sana o más viva. Son tonterías, lo sé, pero es lo que en el presente me pregunto. Quizás yo sí le gusté y esperó siempre a que yo hiciera algo. Me pregunto si importa mi vida, la vida de ella más allá de mí, mi vida más allá de mí. Me doy cuenta de lo ínfimos que somos. No participo de la pena de que Rosa se vaya y de que deje al mundo menos lleno. La pena que siento es que se vaya y deje mi mundo más vacío. Quisiera ver a su papá, y abrazarlo. Llorar con él sobre su camisa polo blanca y sus jeans color café. Quisiera haber besado a Rosa Jeannette en algún cine, quisiera haberla acariciado, haberle dado algún placer, haberle arrancado una sonrisa o un gemido, o más sonrisas; haber sido querido por ella, haberla querido, haberla amado. Quisiera haber conocido a sus hijos, antes de que los rondara la tragedia.
¿Por qué sucede algo así? ¿Por qué a unos, y a otros no? Tiene mi edad, y se está muriendo. ¿Qué puedo hacer yo?
Hoy todo el pueblo, y su familia, están en una misa por ella. No queda más que rezar a un dios injusto y silente. Les queda eso. Siquiera.
Yo no tengo a ese dios y a esas creencias. Y, en el presente, me pregunto qué tengo. Qué sé. Qué debo hacer. La vida, supongo. Hacer la vida.
Futuro:
La lección obvia es cursi y cierta: vivir la vida, disfrutar el instante.
No es tan fácil: la lección no obvia es, ¿Para qué?
La pregunta, tampoco obvia, y tan tremendamente igual de cierta es ¿por qué? ¿por qué unos sí y otros no? Jeannete muere, yo vivo. La pregunta es la misma, por qué. Jeannette deja hijos, 3.¿Qué sigue, qué debo hacer? No caer en la tontera del esceptisismo hacia la vida. No creer, tampoco, en la vida eterna, que es esceptisismo hacia la muerte.
Ni siquiera creer en que pensar en ella ahora puede ayudarla.
Pero a mí sí, y lo agradezco. Vaya para ti el amor, Rosa Jeannette, mi amor y mi agradecimiento, por tus sonrisas, por ese timbre de voz que me parece estar oyendo, tan claro como hace tantísimo. Perfecto y claro, transparente, lo escucho ahora, junto a tu risa y tu silencio, lo escucho fuerte y completo, y si no, lo recuerdo; yo, que tengo tan mala memoria. Vaya para ti mi amor y mi recuerdo, y mi deseo absurdo de que las cosas hubieran sido diferentes. O no. La vida es ésta, y es esta misma, la muerte.
Descansa en Paz, Rosa Jeannette. Te seguiré pensando siempre.
julio 28, 2008
Guerra de blogs
Mi cuerpo no es muy grande ni muy viejo. No sé bién cuánto pesa o cuanto mide. Es noble, eso sí. Lo alimento con apenas huevos fritos, café, tocino y pan, por la mañana, y eso me logra llevar hasta la tarde sin mayor problemas. Se mueve, mi cuerpo; a veces piensa. Hay días que resiste con sólo una galleta o un café, y aún sin nada. Luego le doy algo bueno de comer, o lo procuro. Lo duermo cada vez que me es posible; no sé si le haga bien o le haga mal: tanto a veces y en ocasiones tan poco. Sus demás funciones son normales.
Intento, de vez en cuando, ejercitarlo. Mi cuerpo hace esfuerzos cuando se estira, no le gusta o no lo acostumbra; lo fuerzo, pues supongo que le hace bien, llevarlo lejos. Es sorprendente también, confirmar que a ciertas partes –de mi cuerpo- les cuesta tanto trabajo sostener o jalar a otras, que no acostumbran. Veo que mi cuerpo, dividido en partes, es débil, muy débil: yo no le confiaría nada. Y, visto como un todo, sé que mi cuerpo es, y esto nunca lo olvido, extremadamente frágil.
Mi cuerpo es humilde: sé que es casi nada. Más me sorprende y fascina saber que al estar contigo –yo he estado ahí, lo he visto-, se vuelva un héroe, un gigante, un astro.
Y tan antiguo.
Intento, de vez en cuando, ejercitarlo. Mi cuerpo hace esfuerzos cuando se estira, no le gusta o no lo acostumbra; lo fuerzo, pues supongo que le hace bien, llevarlo lejos. Es sorprendente también, confirmar que a ciertas partes –de mi cuerpo- les cuesta tanto trabajo sostener o jalar a otras, que no acostumbran. Veo que mi cuerpo, dividido en partes, es débil, muy débil: yo no le confiaría nada. Y, visto como un todo, sé que mi cuerpo es, y esto nunca lo olvido, extremadamente frágil.
Mi cuerpo es humilde: sé que es casi nada. Más me sorprende y fascina saber que al estar contigo –yo he estado ahí, lo he visto-, se vuelva un héroe, un gigante, un astro.
Y tan antiguo.
Tuesday, June 17, 2008
Wednesday, May 14, 2008
Requiem por una gata peculiar
Era una gata extraña. No le gustaba ser cargada y era respetuosa del espacio vital de cada quien. Un poco como yo. No se me subió nunca y mucho menos a mi cama. Eso no se lo tuve que enseñar: quizás me habría llevado mejor con ella si lo hubiera hecho, si hubiera roto alguna vez esas reglas que –lo juro- yo no impuse. Ella podía pasarse larguísimos minutos sentada frente a mí, mirándome, esperando algo. Entonces daba yo unos golpecitos al fieltro del sillón y ella saltaba al sitio de mi mano. Si había suficiente espacio para ella, se quedaba ahí un momento. Si no, no. Y, de verdad, sólo subía si daba yo esos golpecitos. Si no, sólo miraba, sentada firme y muy seria. ¿La habrá entrenado alguien, en su juventud, que yo no conocí? Dicen, los que saben, que es imposible entrenar a un gato.
Tenía cara de enojada y eso lo notaba todo el mundo. Quizás por eso no simpatizaba a mucha gente, sólo a las mujeres que han sido más tiernas conmigo. Entre ellas Juanita, la mujer que ayuda en mi casa y que, como yo, hacía lo posible por entender lo que significaban sus maullidos, dados en momentos distintos a los otros gatos y en diferentes maneras. Hoy me dijo que la va a extrañar.
El pelo era su problema. Y su nariz. Y sus ojos. Y sus orejas. Y sus dientes. El pelo, larguísimo, se le enredaba, en mechones que se hacían rígidos y llegaban a hacerle difícil moverse o acomodarse, por lo que había que raparla de vez en cuando, cosa que, por lo menos a su humor, le sentaba peor. Cepillarla ayudaba, y le daba mucho placer, pero al final parecía que la única opción aceptable para ella habría sido estar cepillándola siempre. Literalmente, el día y la noche enteros. Era imposible. Su nariz moqueaba todo el tiempo, de tan chata. Sus ojos lloraban y se le llenaban de lagañas. Las orejas se llenaban también de una materia oscura que había que limpiar regularmente. Los dientes se le fueron cayendo poco a poco. De vez en cuando se atoraba en la silla del cepillado y dejaba sin querer una uña enterrada.
Era una dama, eso sí, una marquesa que en algún momento dio realce a mi casa y hasta a mi clase social.
Nunca pedía comida en la cocina junto a su plato ni se embarraba a las piernas de la gente. Más bien, con su mal humor, avisaba que iba a comer y pedía por lo tanto que saliéramos de la cocina y no la perturbáramos; pues de otra manera, prefería volver más tarde, cuando todo estuviese más tranquilo. Y de un tiempo para acá, maullaba un par de veces al día con maullidos largos y graves, como si buscara a alguien o a algo, con mucha tristeza. La primera vez que los oí pensé que había un niño llorando en mi casa. Después supe que era ella y poco a poco fui notando y aceptando la melancolía que venía en ellos. Eran dos series de 4 o 5 maullidos. Una a punto de anochecer y otra bien entrada la noche. Aprendí a no espantarme con ellos.
Y bueno, tenía esa extraña costumbre de tomar agua de una cubeta que se quedó en mi baño en una época en que fue necesaria por la escasez. Tuve que dejar la cubeta ahí, por años, pues ella llegaba diario, después de que yo me bañara –esperando agua fresca, me supongo, yo la cambiaba con frecuencia- y se ponía a beber de allí durante unos 10 minutos. Parecía siempre tener sed. Eso fue lo último que hicimos juntos: la ayudé a beber agua de su cubeta gris, con las pocas fuerzas que le quedaban.
En fin. No era precisamente mía; llegó a mí y nos soportábamos. Pero como en las películas, aprendimos a querernos y a estar juntos. Era la gata peculiar que estaba conmigo, que me había tocado -a mí, que me gustan tanto ser distinto, y que soy tan propio, y tan respetuoso de los demás, y de sus espacios-. Hoy veo y espero no ser tan distinto como ella, quiero ser menos propio y elegante, y reclamar y dar más cariño, entregarme a la gente, invadir y ser invadido, -amar.
Vayan por lo pronto estas líneas para Glinka, que así supe que se llamaba, y eso, entre tantas otras cosas, nunca pude cambiar.
Tenía cara de enojada y eso lo notaba todo el mundo. Quizás por eso no simpatizaba a mucha gente, sólo a las mujeres que han sido más tiernas conmigo. Entre ellas Juanita, la mujer que ayuda en mi casa y que, como yo, hacía lo posible por entender lo que significaban sus maullidos, dados en momentos distintos a los otros gatos y en diferentes maneras. Hoy me dijo que la va a extrañar.
El pelo era su problema. Y su nariz. Y sus ojos. Y sus orejas. Y sus dientes. El pelo, larguísimo, se le enredaba, en mechones que se hacían rígidos y llegaban a hacerle difícil moverse o acomodarse, por lo que había que raparla de vez en cuando, cosa que, por lo menos a su humor, le sentaba peor. Cepillarla ayudaba, y le daba mucho placer, pero al final parecía que la única opción aceptable para ella habría sido estar cepillándola siempre. Literalmente, el día y la noche enteros. Era imposible. Su nariz moqueaba todo el tiempo, de tan chata. Sus ojos lloraban y se le llenaban de lagañas. Las orejas se llenaban también de una materia oscura que había que limpiar regularmente. Los dientes se le fueron cayendo poco a poco. De vez en cuando se atoraba en la silla del cepillado y dejaba sin querer una uña enterrada.
Era una dama, eso sí, una marquesa que en algún momento dio realce a mi casa y hasta a mi clase social.
Nunca pedía comida en la cocina junto a su plato ni se embarraba a las piernas de la gente. Más bien, con su mal humor, avisaba que iba a comer y pedía por lo tanto que saliéramos de la cocina y no la perturbáramos; pues de otra manera, prefería volver más tarde, cuando todo estuviese más tranquilo. Y de un tiempo para acá, maullaba un par de veces al día con maullidos largos y graves, como si buscara a alguien o a algo, con mucha tristeza. La primera vez que los oí pensé que había un niño llorando en mi casa. Después supe que era ella y poco a poco fui notando y aceptando la melancolía que venía en ellos. Eran dos series de 4 o 5 maullidos. Una a punto de anochecer y otra bien entrada la noche. Aprendí a no espantarme con ellos.
Y bueno, tenía esa extraña costumbre de tomar agua de una cubeta que se quedó en mi baño en una época en que fue necesaria por la escasez. Tuve que dejar la cubeta ahí, por años, pues ella llegaba diario, después de que yo me bañara –esperando agua fresca, me supongo, yo la cambiaba con frecuencia- y se ponía a beber de allí durante unos 10 minutos. Parecía siempre tener sed. Eso fue lo último que hicimos juntos: la ayudé a beber agua de su cubeta gris, con las pocas fuerzas que le quedaban.
En fin. No era precisamente mía; llegó a mí y nos soportábamos. Pero como en las películas, aprendimos a querernos y a estar juntos. Era la gata peculiar que estaba conmigo, que me había tocado -a mí, que me gustan tanto ser distinto, y que soy tan propio, y tan respetuoso de los demás, y de sus espacios-. Hoy veo y espero no ser tan distinto como ella, quiero ser menos propio y elegante, y reclamar y dar más cariño, entregarme a la gente, invadir y ser invadido, -amar.
Vayan por lo pronto estas líneas para Glinka, que así supe que se llamaba, y eso, entre tantas otras cosas, nunca pude cambiar.
Thursday, March 20, 2008
Delirio
Siempre me gustaron las mujeres mayores que yo, uno o dos años. Pensaba que, siendo mayor, cuando fuera un cuarentón interesante, ya andaría con jovencitas. Pero no fui consistente –nunca lo he sido- y en una jugada arriesgada, y según yo lógica, dediqué la primera mitad de mis treinta a andar, e incluso a intentar vivir, con mujeres bastante más jóvenes que yo: veinteañeras que vivían como si fuesen adolescentes, pues así se estila ahora. Al final no resultó, se aburrían o nos aburríamos, después de un tiempo, quizás yo de su entusiasmo y ellas de mi desilusión.
Así que volví a tratar con una mujer mayor que yo, justo antes de cumplir 35 años. Uno o dos años mayor que yo, significa 36 o 37. Me sentí increíblemente bien con ella; como antes, completamente a gusto y confortable, compartimos risas y desencanto. Pero era prácticamente una señora, una mujer de casi cuarenta, como con las que andaba mi papá, cuando vivía.
Ella también terminó conmigo –¿sería por joven?- y ahora lamento que, si me siguen gustando las mayores, y si logro al fin ser consistente, me habré perdido de las mujeres en sus treinta, que son quizá las mejores. Es curioso pensar, como un reproche, que a esas jovencitas les dediqué, sin darme cuenta, los mejores años de mi vida, o, por lo menos, los mejores años de la vida de otras mujeres que no conocí.
Y realmente ya no sé qué tan interesante pueda ser, cuando sea un cuarentón.
Así que volví a tratar con una mujer mayor que yo, justo antes de cumplir 35 años. Uno o dos años mayor que yo, significa 36 o 37. Me sentí increíblemente bien con ella; como antes, completamente a gusto y confortable, compartimos risas y desencanto. Pero era prácticamente una señora, una mujer de casi cuarenta, como con las que andaba mi papá, cuando vivía.
Ella también terminó conmigo –¿sería por joven?- y ahora lamento que, si me siguen gustando las mayores, y si logro al fin ser consistente, me habré perdido de las mujeres en sus treinta, que son quizá las mejores. Es curioso pensar, como un reproche, que a esas jovencitas les dediqué, sin darme cuenta, los mejores años de mi vida, o, por lo menos, los mejores años de la vida de otras mujeres que no conocí.
Y realmente ya no sé qué tan interesante pueda ser, cuando sea un cuarentón.
Tuesday, March 18, 2008
L H
Qué gusto leerte.
Pues sí, la fiesta fue un éxito, aunque yo perdí un poco el tiempo bailando con unas gorditas que ni conocía, pero me entró lo anfitrión, ni modo. Además estaba un poco ebrio y eufórico, así que habiendo hecho lo que hubiese hecho, lo habría olvidado. Fue una super producción, hubo cena y marimba y viejos amigos, como Bárbara, que estaban en la foto de la fiesta de los 25, faltaste tú. Aunque estuviste presente de muchos modos: en las fotos, primero, que expuse, y en unas flores, anónimas, que yo atribuyo a todo el amor que me ha rondado y que he dejado pasar, para mi desgracia y condena y también esperanza en el engañoso futuro que es cada vez más corto, si se piensa, y si no también.
¿Así que se me ve maduro? Lo dudo tanto. Lo que te puedo decir, en confidencia y después de dos mezcales con los que me encuentras, es que ni recuerdo qué estaría yo haciendo caminado un domingo en la condesa, y sobre todo, al leerte, confesar que me hiciste adicto a algo que no me ha vuelto a pasar, y es que me llamen Roberto Chellet, nadie lo ha hecho, me dicen chellet que es tan frío o roberto que es tan fresa, nadie entiende que un nombre con apellido es el mejor apodo que se puede tener, el más exacto apelativo. Pero bueno, hay que llamarse L H para entenderlo, quizás.
También te deseo felicidad, también paz, y a disfrutar estos últimos años de esto que se está yendo, y no lo digo como tragedia, es simple observación y es objetivo; hemos gozado lo que hemos gozado, hemos vivido; y lo haremos aún más, mas cada vez de forma diferente y cada vez menos y más solos.
Pues sí, la fiesta fue un éxito, aunque yo perdí un poco el tiempo bailando con unas gorditas que ni conocía, pero me entró lo anfitrión, ni modo. Además estaba un poco ebrio y eufórico, así que habiendo hecho lo que hubiese hecho, lo habría olvidado. Fue una super producción, hubo cena y marimba y viejos amigos, como Bárbara, que estaban en la foto de la fiesta de los 25, faltaste tú. Aunque estuviste presente de muchos modos: en las fotos, primero, que expuse, y en unas flores, anónimas, que yo atribuyo a todo el amor que me ha rondado y que he dejado pasar, para mi desgracia y condena y también esperanza en el engañoso futuro que es cada vez más corto, si se piensa, y si no también.
¿Así que se me ve maduro? Lo dudo tanto. Lo que te puedo decir, en confidencia y después de dos mezcales con los que me encuentras, es que ni recuerdo qué estaría yo haciendo caminado un domingo en la condesa, y sobre todo, al leerte, confesar que me hiciste adicto a algo que no me ha vuelto a pasar, y es que me llamen Roberto Chellet, nadie lo ha hecho, me dicen chellet que es tan frío o roberto que es tan fresa, nadie entiende que un nombre con apellido es el mejor apodo que se puede tener, el más exacto apelativo. Pero bueno, hay que llamarse L H para entenderlo, quizás.
También te deseo felicidad, también paz, y a disfrutar estos últimos años de esto que se está yendo, y no lo digo como tragedia, es simple observación y es objetivo; hemos gozado lo que hemos gozado, hemos vivido; y lo haremos aún más, mas cada vez de forma diferente y cada vez menos y más solos.
Monday, March 10, 2008
Prueba no superada
El amor es frágil y más aún en sus inicios, es necesario no dudar, no voltear hacia atrás para ver si ella nos sigue –Orfeo y Eurídice-; no hablarle a la amada aunque nos hable –Flauta Mágica-, aunque ella sufra. Es necesario no dudar del amor para superar la prueba a la que el amor está siempre sometido. Está prohibido preguntar al amor de dónde vino –Lohengrin-, pues si se hace la pregunta el amado se convertirá otra vez en cisne y partirá de nuevo. Es posible abrir todas las puertas del palacio –Barba Azul-, excepto una, pues si la abre, la recién esposa encontrará los cadáveres de los amores antiguos de su hoy marido. El amor es frágil y lleno de acertijos y trampas dobles. Yo nunca paso esas pruebas, dudo siempre; volteo y abro y pregunto y miro, siempre fracaso, y mi amor se marchita solo cuando ellas parten, será que tengo mala suerte, o es que soy adicto a tener opciones.
Quizá el amor es eso: un asunto de no tener o renunciar a las opciones, tener la certeza del amor del otro, y la ilusión de no dudar. Aunque en el fondo se dude siempre, así sea sólo por saber, dentro del alma, que somos frágiles, como el amor, y que todo esto puede acabar en un instante, con la muerte propia o la del otro, o con una palabra, una mirada, y el paso malhadado, inevitable, hacia el pozo de la infinita tristeza.
Quizá el amor es eso: un asunto de no tener o renunciar a las opciones, tener la certeza del amor del otro, y la ilusión de no dudar. Aunque en el fondo se dude siempre, así sea sólo por saber, dentro del alma, que somos frágiles, como el amor, y que todo esto puede acabar en un instante, con la muerte propia o la del otro, o con una palabra, una mirada, y el paso malhadado, inevitable, hacia el pozo de la infinita tristeza.
Tuesday, February 5, 2008
Día espléndido
Hace un día espléndido, hoy torea José Tomás.
Mañana a esta hora estaré en Tristan e Isolda.
Mi boleto de avión dice "adulto".
No puedo pedir más.
Beber por los dioses, en todo caso,
que confabulan a favor mío.
Mañana a esta hora estaré en Tristan e Isolda.
Mi boleto de avión dice "adulto".
No puedo pedir más.
Beber por los dioses, en todo caso,
que confabulan a favor mío.
Sunday, January 20, 2008
Simple matemática.
La radio está plagada de canciones de amor. Pero hay muchas más de desamor.
Y basta hacer unas cuentas simples para entender algo de esta vida.
De los 6 mil millones de seres humanos, hay que sacar el porcentaje de los que se hacen artistas. De los artistas, los que se vuelven compositores; de ellos, los que hacen canciones. Esta variable podría ser "Y" y ser tomada como muestra.
"Y" representa, entonces, la cantidad de corazones en activo de una población dada con capacidad de amar y desamar a una persona en específico a la cual se le puede dedicar una canción de desamor.
Y luego hay que calcular cuánto tiempo se puede uno pasar componiendo canciones de desamor a un amor pasado. Es decir, la validez o caducidad del amor y del desamor, sacar una función que represente la variable desamorosa, que podría ser "Z".
Y bastan dos dedos de frente y otros dos de corazón, para darse cuenta que hay muchas más canciones de desamor que corazones en función de amar a una persona en específico. Por lo que no queda sino aceptar que las canciones están dedicadas a muchas personas diferentes en la vida de los compositores, que son como dijimos, sólo una muestra que representa al total.
Si asumimos, como la lógica indica, que el desamor de una canción es hijo natural y directo del amor que la antecede, el resultado es claro. La función dada entre "Y" y "Z" resuelve, con la claridad de la matemática pura, que el ser humano, la población total de nuestro planeta, ama y desama muchas veces: su capacidad de regeneración amorosa es, esa sí, incalculable, y, por cierto, la pasa bomba componiendo o escuchando canciones acerca de ello.
Innumerable número de veces. Innumerable.
Claro que hay quien sostiene que sólo se ama una vez, a lo mucho dos. Ojalá se equivoquen, y que los números no mientan y no me esté autoengañando. Tendría que saber si he amado, y, para eso, no hay número que sirva..
Y basta hacer unas cuentas simples para entender algo de esta vida.
De los 6 mil millones de seres humanos, hay que sacar el porcentaje de los que se hacen artistas. De los artistas, los que se vuelven compositores; de ellos, los que hacen canciones. Esta variable podría ser "Y" y ser tomada como muestra.
"Y" representa, entonces, la cantidad de corazones en activo de una población dada con capacidad de amar y desamar a una persona en específico a la cual se le puede dedicar una canción de desamor.
Y luego hay que calcular cuánto tiempo se puede uno pasar componiendo canciones de desamor a un amor pasado. Es decir, la validez o caducidad del amor y del desamor, sacar una función que represente la variable desamorosa, que podría ser "Z".
Y bastan dos dedos de frente y otros dos de corazón, para darse cuenta que hay muchas más canciones de desamor que corazones en función de amar a una persona en específico. Por lo que no queda sino aceptar que las canciones están dedicadas a muchas personas diferentes en la vida de los compositores, que son como dijimos, sólo una muestra que representa al total.
Si asumimos, como la lógica indica, que el desamor de una canción es hijo natural y directo del amor que la antecede, el resultado es claro. La función dada entre "Y" y "Z" resuelve, con la claridad de la matemática pura, que el ser humano, la población total de nuestro planeta, ama y desama muchas veces: su capacidad de regeneración amorosa es, esa sí, incalculable, y, por cierto, la pasa bomba componiendo o escuchando canciones acerca de ello.
Innumerable número de veces. Innumerable.
Claro que hay quien sostiene que sólo se ama una vez, a lo mucho dos. Ojalá se equivoquen, y que los números no mientan y no me esté autoengañando. Tendría que saber si he amado, y, para eso, no hay número que sirva..
Saturday, January 5, 2008
Y sí
Lástima es que yo prefiera comer a escribir, dormir a comer, coger a dormir, beber a coger. Así no voy nunca a escribir mucho, a menos que encuentre la manera de comer, coger, y dormir lo suficiente, y poder tomarme en serio el acto de escribir, anque sea sólo, quizás, porque es el único compatible, casi permanentemente, con el de beber.
Wednesday, January 2, 2008
Las mismas cosas
Porque todos en la vida
vamos sintiendo
las mismas cosas
en más o menos
los mismos momentos.
Un día nos damos cuenta
que ya no somos nuestra madre,
y que el mundo es frío.
Otro, que nuestros padres
no son mejores que otros padres,
Y padecemos.
Otro, que en realidad estamos solos.
Odiamos al mundo al mismo tiempo,
y encontramos paz -¿amor?- al inicio
de una larga lista de nombres
que añorará siempre
volver al principio.
De pronto nos damos cuenta
que hemos vivido sólo
para complacer a otros
Y sentimos entonces
Que es tarde.
Y ese sentimiento se extiende
Hasta hacerse insoportable
Y no nos queda más que aceptarlo.
Y buscar complacer un día,
por una vez al menos, o quizás las más posibles
A nosotros mismos.
No sé mucho más, por carne propia, de lo que nos pasa.
Sé que en todo esto siempre cabrá el gusto
Por un amanecer, un mar de tarde,
Un astro, un ave, una ventana.
El hipnótico bailar del fuego,
O el nombre y el abrazo de quien amamos
Y el alivio de saber
Que en ese instante
También nos ama.
vamos sintiendo
las mismas cosas
en más o menos
los mismos momentos.
Un día nos damos cuenta
que ya no somos nuestra madre,
y que el mundo es frío.
Otro, que nuestros padres
no son mejores que otros padres,
Y padecemos.
Otro, que en realidad estamos solos.
Odiamos al mundo al mismo tiempo,
y encontramos paz -¿amor?- al inicio
de una larga lista de nombres
que añorará siempre
volver al principio.
De pronto nos damos cuenta
que hemos vivido sólo
para complacer a otros
Y sentimos entonces
Que es tarde.
Y ese sentimiento se extiende
Hasta hacerse insoportable
Y no nos queda más que aceptarlo.
Y buscar complacer un día,
por una vez al menos, o quizás las más posibles
A nosotros mismos.
No sé mucho más, por carne propia, de lo que nos pasa.
Sé que en todo esto siempre cabrá el gusto
Por un amanecer, un mar de tarde,
Un astro, un ave, una ventana.
El hipnótico bailar del fuego,
O el nombre y el abrazo de quien amamos
Y el alivio de saber
Que en ese instante
También nos ama.
Y en esas estoy (Esto es lo más viejo, mas sigue así)
Tuve un gran amor y lo perdí por unos tacos. Tenía yo mucha hambre, ese día, había trabajado por más de 24 horas seguidas. Así que la traje a la colonia roma, al restaurante Tlaquepaque, donde me traía mi padre, desde niño. Comí tacos de ojo y tripa gorda y de cabeza de res saludando a los meseros. Creo que fué ahí donde ella decidió cortar conmigo y volver a su mundo, al cual yo –le fué evidente- no pertenecía. La añoré por mucho tiempo.
Ahora me acabo de cambiar de casa, vivo solo y estoy más cerca de su estilo y lejos de su recuerdo. Al restaurante lo creía extinto, vivo cerca desde hace unos días, y el local está cerrado. Hoy buscaba, triste y hambriento, un lugar para cenar. Unas cuadras adelante, escondido, ví un letrero como el de antes, que anunciaba “Tlaquepaque”. Entré y comí lengua y seso y tripa gorda, saludando a los meseros, feliz de haberlos encontrado y de recibir nuevamente de ese sitio, aunque fuera en local nuevo, consuelo y alimento: Unos tacos.
Unas cosas durán más que otras. Y uno nunca sabe lo que sí es para toda la vida.
Ahora me acabo de cambiar de casa, vivo solo y estoy más cerca de su estilo y lejos de su recuerdo. Al restaurante lo creía extinto, vivo cerca desde hace unos días, y el local está cerrado. Hoy buscaba, triste y hambriento, un lugar para cenar. Unas cuadras adelante, escondido, ví un letrero como el de antes, que anunciaba “Tlaquepaque”. Entré y comí lengua y seso y tripa gorda, saludando a los meseros, feliz de haberlos encontrado y de recibir nuevamente de ese sitio, aunque fuera en local nuevo, consuelo y alimento: Unos tacos.
Unas cosas durán más que otras. Y uno nunca sabe lo que sí es para toda la vida.
Pero se fue
Una vez me enamoré de una mujer y cambié mi cama de oro individual en la que crecí desde bebé por un futon matrimonial y la invité a vivir conmigo. Ella vino, y trajo con ella sábanas matrimoniales. Nunca me ha gustado gastar en sábanas, me parecen muy caras aunque duren, como las cortinas, grandes porciones de la vida.
Tiempo después ella se fue, con sus sábanas. Me enamoré después de otra mujer que me enseñó los edredones de plumas: compré uno y la invité a vivir conmigo. Como lo hizo, compré otra cama sin recuerdos y el futón pasó a la sala.
Luego ella también se fue y tuve que comprar nuevas sábanas.
Ahora me enamoré de otra mujer, que me ha enseñado a ponerle funda al edredón y usarlo como sábana. Compré ya una de esas fundas.
No sé si ella va a vivir conmigo, pero me imagino sin quererlo un escenario en el que ya se haya ido, y yo me haya quedado con la cama de oro, el futón, la cama, el edredón, la funda y las sábanas.
Ojalá no se vaya.
Tiempo después ella se fue, con sus sábanas. Me enamoré después de otra mujer que me enseñó los edredones de plumas: compré uno y la invité a vivir conmigo. Como lo hizo, compré otra cama sin recuerdos y el futón pasó a la sala.
Luego ella también se fue y tuve que comprar nuevas sábanas.
Ahora me enamoré de otra mujer, que me ha enseñado a ponerle funda al edredón y usarlo como sábana. Compré ya una de esas fundas.
No sé si ella va a vivir conmigo, pero me imagino sin quererlo un escenario en el que ya se haya ido, y yo me haya quedado con la cama de oro, el futón, la cama, el edredón, la funda y las sábanas.
Ojalá no se vaya.
Feliz de nuevo
Qué poco cuerpo tengo,
Pensaba esta mañana al bañarme
Qué fácil es enjabonarlo con esponja,
Una brazo, el otro, el pecho
Una pierna y la otra, y ya está.
Qué rápido termina todo.
¿cómo es posible entonces
que sea tanto cuerpo,
cuando está contigo?
Pensaba esta mañana al bañarme
Qué fácil es enjabonarlo con esponja,
Una brazo, el otro, el pecho
Una pierna y la otra, y ya está.
Qué rápido termina todo.
¿cómo es posible entonces
que sea tanto cuerpo,
cuando está contigo?
Y así sufrí, hasta que
Diría de ella que es la respuesta a mis plegarias, si no fuera porque la respuesta a mis plegarias ya la he recibido antes, y era completamente diferente. Podría no creer en ella. Prefiero no creer en mis plegarias.
Y de pronto
Me libré. Mi intento de ser normal fracasó, me libré por un pelito de borrarme por completo. Me gusta el fado, me gusta el bossa, me gusta la ópera, no me gustan los valet parkins, me gusta el sexo, me gusta el vino. Me gusta la compañía de mis amigos, me gusta también despreciarlos. Me gusta ser superior, ser inferior me fascina. Me gusta pensar viendo el techo, me gusta dudar si quiero o no quiero azúcar en el café. Me gusta que no me guste la moda, estar a la moda me tranquiliza. Me gusta no estar tranquilo, me gusta también lamentarme, me sucede. Me encanta imaginarme triunfando, triunfo al concretar una nueva forma de procurar descanso. Sé que lo que más disfruto es oír, y por otro lado, buscar y encontrar significado en las cosas, en los hechos, en las acciones.
Mi mala memoria me traiciona siempre, desde niño hay alguien reclamándome porque no recuerdo lo que dijo o dije yo hace no mucho, aunque recuerdo muchos datos. Sé que me pierdo, no soy bueno con las direcciones, aunque en mi núcleo familiar sea el más apto. No me gusta manejar y a veces busco la muerte, me gusta el no haberla encontrado. Quiero irme, como todos, y como casi todos, no lo hago. Donde más he sido yo es en dentro del mar, solo, nadando entre colas amarillas, aguantando el poco aire que embriagaba a mis pulmones colapsados. O en una lancha contratada por mí, también solo, camino a un banco de arena y a alcanzar a una mujer amada. O llorando en Lisboa, viendo la tarde, disfrutando mi dolor y celebrando al mismo tiempo mi estilo para estar llorando. Todo esto, por supuesto, gana en importancia sólo si excluímos las veces que me entregaron diplomas mientras era un niño, o cuando estaba a solas con mi padre contando chistes groseros.
Mi mala memoria me traiciona siempre, desde niño hay alguien reclamándome porque no recuerdo lo que dijo o dije yo hace no mucho, aunque recuerdo muchos datos. Sé que me pierdo, no soy bueno con las direcciones, aunque en mi núcleo familiar sea el más apto. No me gusta manejar y a veces busco la muerte, me gusta el no haberla encontrado. Quiero irme, como todos, y como casi todos, no lo hago. Donde más he sido yo es en dentro del mar, solo, nadando entre colas amarillas, aguantando el poco aire que embriagaba a mis pulmones colapsados. O en una lancha contratada por mí, también solo, camino a un banco de arena y a alcanzar a una mujer amada. O llorando en Lisboa, viendo la tarde, disfrutando mi dolor y celebrando al mismo tiempo mi estilo para estar llorando. Todo esto, por supuesto, gana en importancia sólo si excluímos las veces que me entregaron diplomas mientras era un niño, o cuando estaba a solas con mi padre contando chistes groseros.
De ese entonces
Cómo nombrar lo inombrable, cómo abaracar lo inabarcable; cómo hacer de tu boca un filo que corte mis ataduras. Cómo hacer para que me hagas libre, cómo dejar de mí lo que no es. Quiéreme tú y veremos, te querré yo -te quiero- y ya estamos viendo. Démonos al menos la certeza, juntemos las manos, compartamos la idea de lo que hay más allá de lo que podemos o queremos ver. Veamos juntos el futuro y mucho de nuestro pasado; hagamos bien las cosas y tengamos asiento y respiro, luz para el fondo del hoyo y agua para el final del camino. Seamos juntos y hagamos un pacto, luz y agua, vida y vida, superficie y profundidades. Que sean mutuas, nuestras luces, y compartidas nuestras oscuridades.
Que aún hay tanto por vivir.
Que aún hay tanto por vivir.
Anhelar
Eso hago yo: anhelar ser otro anhelar vivir de otro modo anhelar haber sido anhelar vivir en otro lado anhelar el mar anhelar el teatro anhelar mi padre muerto anhelar el amor como lo pintan y como lo escriben anhelar dinero anhelar paz anhelar aprobación de los mayores anhelar ser mayor anhelar ser niño anelar ser otro anhelar la voz de dios osea el talento anhelar los otros tiempos los de antes anhelar calor anhelar el cuerpo de la ausente anhelar el olor de las las mujeres anhelar el sol en el invierno anhelar el tiempo de ser otro anhelar el resultado del hubiera que ahora soy o en el que me voy convirtiendo.
Y un día...
La vida que me regala magia. ¿O seré yo, que quiero verla?. Un gran amor pasó en mi vida y ahora es dolor. Viajé intentando disiparlo, por lugares viejos y tristes, ruinas sobre ruinas, es lo que ví. “Esto también pasará”, fue mi conclusión y consuelo. Vuelvo a mi país, ciudad y amigos, me integro al mundo y reconozco a una mujer dispuesta a tratarme, del mismo nombre, por más señas, que aquella del amor transfigurado. Buscando paz estoy con ella, y el dolor amaina en su presencia. “Esto también pasará”, le dije en un momento; aproveché su condición para decirlo, pues está enferma. “¿Por qué me dices eso?, me pregunta, y sorprendida me enseña un anillo de plata que retira de su mano. En el interior una leyenda grabada: “Hasta esto pasará…”. Es la única joya que carga. Sentí, una vez más, y agradecido, que el mundo hace sentido algunas veces. Tiempo después, nos quedamos dormidos.
Hasta esto
Esto también pasará. Caen los imperios y se hacen leyenda, quien hoy tiene el mundo algún día habrá de perderlo. Lo perdió Roma y lo perdió España, lo perdió Inglaterra y el Islam. El Sol que sólo salía en París dejó de hacerlo y se hizo público, Europa entera olvidó sus guerras y sus monedas y juegan hoy a ser uno. Cambian las cosas del mundo y con el mundo las personas; las historias de vida, siempre iguales, se viven cada vez de modos diferentes. Y sólo se recuerda lo importante, siempre habrá alguien que le rinda homenaje a a los artistas, a los hombres de ciencia y Estado que legan algo, a los poetas. Pero las historias chicas se olvidan y a veces también las grandes. Esto también pasará y será el recuerdo de un estudioso, siempre hay quien desea haber vivido en otro tiempo y no el propio. Un hombre, o quizás una mujer, que seguramente leerá o adquirirá conocimiento de algún modo. Sabrá de cómo era el mundo en estos tiempos, que no serán los suyos: Sabrá de los actos de los hombres de Estado, de las mujeres ilustres, de los artistas. Quizá tenga algunos objetos, reliquias que haya heredado sin querer, pequeñas cosas que le despertaran el de deseo de saber más, luego cosas más grandes y de importancia, conseguidas con tezón por ella o él, en su pasión por estos tiempos que para ese entonces ya serán un pasado remotísimo. Y aún así, él o ella la estudiosa no sabrá de tí y de mí; nada será entonces el dolor y la angustia que hoy pasamos, nada será el amor que nos tuvimos.
Esto pasará también y será nada. Como un imperio, tu nombre y tu mirada.
Esto pasará también y será nada. Como un imperio, tu nombre y tu mirada.
De hace tanto....
Por no regalarle nada de cumpleaños
Por no colgar sus cuadros en la sala
Por no tener una sala
Por no fumar marihuana
Por no llevarme bien con su muchacha
Por no ver la tele en la noche hasta quedarme dormido
Por dormir con calcetines
Por dormir con pijama si hace frío
Por beber alcohol
Por trabajar todos los días
Por ser bueno aún sin serlo
Por no gustarme el funk lo suficiente
Por no ser débil
Por no ceder en ciertas cosas
Por ser yo el dueño de la casa
Por tener muchacha propia
Y no soltarla
Por ver pasar a otras mujeres
Por hablar de otras mujeres
Por pensar que ya no es joven
Sin decírselo nunca
pero pensarlo
Por no ser un artista
Aún siéndolo
Por no creer en ciertas cosas
como el entusiasmo
cuando no tiene causa
o el desorden.
Por lo demás.
Por todo eso, y algo más que hoy olvido
Hoy me veo obligado a dedicarle
Un simple mail de despedida
Pues me dejó
Y se fué
De mi casa
Y de mi pequeño mundo
De masturbación,
Ensueño,
Y también de soledad.
Por no colgar sus cuadros en la sala
Por no tener una sala
Por no fumar marihuana
Por no llevarme bien con su muchacha
Por no ver la tele en la noche hasta quedarme dormido
Por dormir con calcetines
Por dormir con pijama si hace frío
Por beber alcohol
Por trabajar todos los días
Por ser bueno aún sin serlo
Por no gustarme el funk lo suficiente
Por no ser débil
Por no ceder en ciertas cosas
Por ser yo el dueño de la casa
Por tener muchacha propia
Y no soltarla
Por ver pasar a otras mujeres
Por hablar de otras mujeres
Por pensar que ya no es joven
Sin decírselo nunca
pero pensarlo
Por no ser un artista
Aún siéndolo
Por no creer en ciertas cosas
como el entusiasmo
cuando no tiene causa
o el desorden.
Por lo demás.
Por todo eso, y algo más que hoy olvido
Hoy me veo obligado a dedicarle
Un simple mail de despedida
Pues me dejó
Y se fué
De mi casa
Y de mi pequeño mundo
De masturbación,
Ensueño,
Y también de soledad.
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